Adán

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La visión de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Iglesia Mormona), sobre Adán es única entre las religiones en el mundo, debido a información recibida por revelación directa de Jesucristo a través de Sus profetas modernos. Ellos identifican a Adán como el arcángel Miguel de las eternidades. Ellos enfatizan su papel premortal en los cielos, su servicio a la humanidad al realizar la “caída”, su papel como el “anciano de días” que posee las llaves del sacerdocio de todas las dispensaciones, su papel profético como un testador de Cristo desde el principio del mundo, y su papel nuevamente en las eternidades como Miguel, triunfando finalmente sobre Satanás y sus huestes.

Pocas personas han estado más directamente involucradas en el Plan de Salvación que el hombre Adán. Su ministerio entre los hijos e hijas en la tierra se extiende desde el pasado distante de la Vida Premortal al futuro distante de la resurrección, el juicio, y aún más allá.
Como Miguel, el arcángel, Adán condujo las fuerzas de Dios contra los ejércitos de Lucifer en la batalla de los cielos. Bajo la dirección de Elohim y de Jehová, él ayudó en la Creacion de la tierra. Adán y Eva introdujeron la mortalidad en la tierra al participar del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. La Caída de nuestros primeros padres, trajo consigo la sangre y la posteridad, la probación y la muerte, así como también la necesidad de la redención por medio de un Salvador, el “postrer Adán” (1 Corintios 15:45). Adán fue el primero al que se le predicó el evangelio y sobre él se concedió por primera vez el sacerdocio. Por medio de Adán y Eva, el mensaje del Evangelio de salvación se extendió a todo el mundo. Después de su muerte, que ocurrió casi un milenio después de convertirse en un ser mortal, Adán continúa cuidando de su posteridad. Bajo su dirección, se han recibido revelaciones y los ángeles han ministrado. A instancias suyas, se ha conferido el sacerdocio y se han entregado llaves.[1]

Adán como el Arcángel Miguel

El profeta José Smith identifica claramente tanto a Adán y a Miguel como una y la misma persona, un ángel, el ángel principal, o arcángel, de los cielos, el sirviente especial de Dios y Cristo. Después de su muerte terrenal el volvió a asumir su lugar como un ángel en los cielos, sirviendo nuevamente como el ángel principal, o arcángel, y tomando nuevamente su nombre anterior de Miguel.

Adán fue llamado Miguel el Arcángel (ver Doctrina y Convenios 27:11; Judas 1:9). Él fue escogido por nuestro Padre Celestial para dirigir a los justos en la batalla en contra de Satanás (Véase Apocalipsis 12:7-9). Adán y Eva fueron preordenados para convertirse en los padres de la raza humana. El Señor prometió a Adán grandes bendiciones: “Te he puesto para estar a la cabeza; multitud de naciones saldrán de ti, y tú les serás por príncipe para siempre”. (Doctrina y Convenios 107:55). [2]

Adán como el Primer Hombre

A Miguel, el ángel más exaltado en los cielos, se le otorgó el privilegio de llegar a ser el primer hombre sobre la tierra. Fue un llamamiento de honor y dificultad. Aún después de la caída, Adán oyó la voz del Señor desde Edén, y continuó profetizando a sus hijos hasta el fin de su vida.

A Adán se le hizo “señor o gobernador de todas las cosas sobre la tierra, y al mismo tiempo [gozaba de] comunión …con su Hacedor, sin un velo que los separase”. Nuestros primeros padres hubieran permanecido en este estado indefinidamente si no hubieran participado del fruto prohibido (Véase Nefi 2:22; Moisés 4:9).
Mas he aquí, os digo que yo, Dios el Señor, les concedí, a Adán y a su posteridad, que no muriesen, en cuanto a la muerte temporal, hasta que yo, Dios el Señor, enviara ángeles para declararles el arrepentimiento y la redención mediante la fe en el nombre de mi Hijo Unigénito (Doctrina y Convenios 29:42).

Por ello, los Santos de los Últimos Días creen que el Evangelio de Cristo fue predicado, comprendido y sostenido por Adán. Todos los profetas que le sucedieron tuvieron el conocimiento de Cristo.

La Caída de Adán

Si Adán no hubiese transgredido, no habría caído, sino que habría permanecido en el jardín de Edén. Y todas las cosas que fueron creadas habrían permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas; y habrían permanecido para siempre, sin tener fin.

Y no hubieran tenido hijos; por consiguiente, habrían permanecido en un estado de inocencia, sin sentir gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado.
Pero he aquí, todas las cosas han sido hechas según la sabiduría de aquel que todo lo sabe.
Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.
Y el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de redimir a los hijos de los hombres de la caída (2 Nefi 2:22–26; véase también 2 Nefi 2:19–21, 27).

Pero, recordemos, la Expiación vino a causa de la Caída. Cristo pagó el rescate por la transgresión de Adán. Si no hubiera habido Caída, no habría Expiación son su consecuente inmortalidad y vida eterna. De ese modo, así como la salvación viene debido a la Expiación, así también la salvación viene debido a la Caída.

Tanto la mortalidad, como la procreación y la muerte tuvieron sus inicios con la Caída. Los desafíos y las pruebas de una probación mortal empezaron cuando nuestros primeros padres fueron echados de su hogar en el Edén. “Por motivo de que Adán cayó, nosotros existimos”, dijo Enoc, “y por su caída vino la muerte; y somos hechos partícipes de miseria y angustia”. (Moisés 6:48). Una de las declaraciones doctrinales más profundas que se hayan hecho salió de los labios de nuestra madre Eva. Ella dijo: “De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes” (Moisés 5:11)

“Recordemos también que la Caída se hizo posible debido a que un infinito Creador creó la tierra y al hombre y todas las formas de vida en tal estado que pudieran caer. Esta caída significó un cambio de estado. Todas las cosas fueron creadas de tal forma que pudieran caer o cambiar, y así se introdujo el tipo de existencia necesaria para poner en operación todos los términos del plan de salvación eterna del Padre.

“La primera creación temporal de todas las cosas fue de naturaleza paradisíaca. En la época del Edén todas las formas de vida tenían un estado diferente y más alto del que ahora tienen. La caída que sucedería después los degradaría y los haría avanzar e ir adelante. La muerte y la procreación todavía tenían que entrar en el mundo. La muerte sería el don de Adán al hombre, y el don de Dios sería la vida eterna mediante Jesucristo nuestro Señor.

De ese modo, la existencia vino de Dios; la muerte vino por Adán; y la inmortalidad y la vida eterna vinieron a través de Cristo. En el lenguaje preciso y elocuente de Lehí, todos los hombres están en ‘un estado de probación’ debido a la Caída. Y ‘si Adán no hubiese transgredido, no habría caído, sino que habría permanecido en el jardín de Edén’. Él estaba entonces en un estado de inmortalidad física; eso significaba que él hubiera vivido por siempre porque aún no había muerte. ‘Y [nuestros primeros padres] no hubieran tenido hijos’; se les hubiera negado las experiencias de una probación mortal y una muerte en la carne; y es de estas dos cosas –de la muerte y las pruebas de la mortalidad- que viene la vida eterna. Pero –gracias a Dios– ‘Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo. Y el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de redimir a los hijos de los hombres de la caída’ (2 Nefi 2:21-26). [3]

Adán como Profeta y Testador de Jesucristo

“Cuando nuestro Padre Celestial colocó a Adán y Eva sobre la tierra, Él lo hizo con el propósito en mente de enseñarles cómo regresar a Su presencia. Nuestro Padre prometió un Salvador para redimirlos de su condición caída. Él les dio el plan de salvación y les dijo que enseñaran a sus hijos la fe en Jesucristo y el arrepentimiento. Además, A Adán y a su posteridad se les mandó ser bautizados, recibir el Espíritu Santo, y entrar en el orden del Hijo de Dios. Debido a que Adán y Eva habían cumplido con estos requerimientos, Dios les dijo, ‘Y eres según el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en eternidad’” (Moisés 6:67). ).[4]

Y les dio mandamientos de que adorasen al Señor su Dios y ofreciesen las primicias de sus rebaños como ofrenda al Señor. Y Adán fue obediente a los mandamientos del Señor.
Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó.
Entonces el ángel le habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad.
Por consiguiente, harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás.
Y en ese día descendió sobre Adán el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, diciendo: Soy el Unigénito del Padre desde el principio, desde ahora y para siempre, para que así como has caído puedas ser redimido; y también todo el género humano, sí, cuantos quieran.
Y Adán bendijo a Dios en ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios (Moisés 5:5-10)

“El ángel le dijo a Adán otras cosas. Le dijo que en el meridiano de los tiempos el Redentor vendría al mundo, y que hasta que él viniera, el pueblo del Señor debería ofrecer sacrificios de sangre frecuentemente. Esto lo harían con el propósito de dirigir sus mentes hacia el día en que el Redentor vendría y sería sacrificado por los pecados de todo el mundo. Luego el ángel le enseñó a Adán el Evangelio y le dijo que se arrepintiese y se bautizase. Desde los días de Adán hasta los días de Jesucristo, cada persona que comprendiera el evangelio ofrecería sacrificios de sangre, usando animales o aves sin mancha. Esto lo harían a semejanza del gran acontecimiento que iba a tener lugar en el meridiano de los tiempos. “Y de la misma manera, Adán, que había sido bendecido con el don del Espíritu Santo, ‘bendijo a Dios en ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios’. [Moisés 5:10]

’…poseyendo un lenguaje puro y sin mezcla’, dado a ellos por Dios (Véase Moisés 6:6)
’Y se llevaba un libro de memorias’, entre ellos, registrado en el lenguaje de Adán, y a todos cuantos invocaban a Dios les era concedido escribir en este idioma puro y sin mezcla, por el espíritu de inspiración (Véase Moisés 6:5-6).
’ Y así se empezó a predicar el evangelio desde el principio, siendo declarado por santos ángeles enviados de la presencia de Dios, y por su propia voz, y por el don del Espíritu Santo’ (Moisés 5:58).

“Los Santos de los Últimos Días son los únicos en el mundo religioso que certifican que el Evangelio de Jesucristo es eterno, que los profetas cristianos han enseñado doctrina cristiana y administrado ordenanzas cristianas desde el amanecer de los tiempos. Adán fue el primer cristiano sobre la tierra. Él ejerció la fe en la redención de Cristo, se bautizó en el agua, recibió el don del Espíritu Santo y recibió el sacerdocio (Véase Moisés 6:64-67). Además, Adán y Eva entraron en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio y de esa manera, entraron en el sendero que lleva a la vida eterna. ‘Nuestro padre Adán fue llamado por Dios’, explicó el Presidente Wilford Woodruff, ‘y ordenado a la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec, fue ordenado al oficio y al don más altos que Dios ha dado al hombre sobre la tierra”. [5]

Linaje de Sacerdocio desde Adán

Me [el sacerdocio] fue conferido de los padres; descendió de los padres, desde que comenzó el tiempo, sí, aun desde el principio, o sea, antes de la fundación de la tierra hasta el tiempo presente, a saber, el derecho del primogénito, o sea, del primer hombre, el cual es Adán, nuestro primer padre, y por conducto de los padres hasta mí (Abraham 1:3).
”Se confirmó que el orden de este sacerdocio fue conferido de padre a hijo, y pertenece justamente a los descendientes literales de la semilla escogida, a quien se hicieron las promesas.
”Este orden fue instituido en los días de Adán, y fue conferido por linaje [para] … que su posteridad sea la escogida del Señor, y que ellos deberían ser preservados hasta el fin de la tierra”. (Doctrina y Convenios 107:40-42) [6]

“Ha habido una cadena de autoridad y poder desde Adán hasta la época actual. El sacerdocio fue dado primeramente a Adán; a él se le dio la Primera Presidencia, y tuvo las llaves de generación en generación. Lo recibió en la creación, antes de ser formado el mundo, como se ve en Génesis 1:26, 27, 28. Le fue dado el dominio sobre toda cosa viviente. Es Miguel el Arcángel, de quien se habla en las Escrituras. Entonces a Noé, que es [el ángel] Gabriel; éste sigue a Adán en la autoridad del sacerdocio. Dios confirió este oficio sobre Adán, quien fue el padre de todo ser viviente en sus días, y a él le fue dado el dominio. Estos hombres tuvieron las llaves primeramente en la tierra, y luego en los cielos.

“El sacerdocio es un principio sempiterno, y existió con Dios desde la eternidad, y existirá por las eternidades, sin principio de días o fin de años. Las llaves tienen que ser traídas de los cielos cuando se envía el evangelio; y cuando se revela de los cielos, se hace mediante la autoridad de Adán”. [7]

Apariciones pasadas y futuras de Adán en Adán-ondi-Ahmán

“Tres años antes de la muerte de Adán, ocurrió un gran acontecimiento. Él llevó a su hijo Set, a su nieto Enós y a otros sumos sacerdotes quienes eran sus descendientes directos, con otros de su posteridad justa, a un valle llamado Adán-ondi-Ahmán. Allí Adán dio a estos fieles descendientes su última bendición.

“El Señor entonces se les apareció. La vasta congregación se levantó y bendijo a Adán y lo llamó Miguel, el príncipe y arcángel. El mismo Señor declaró que Adán era un príncipe para siempre sobre su propia posteridad. Luego Adán en su condición de anciano se levantó y, siendo lleno del espíritu de profecía, predijo que ‘lo que le acontecería a su posteridad hasta la última generación’. Todo esto está registrado en la sección 107 de Doctrina y Convenios (Doctrina y Convenios 107:53-56)”. [8]

Daniel en su capítulo siete habla del Anciano de Días; es decir el hombre más antiguo, nuestro Padre, Adán, Miguel; él reunirá a sus hijos y llevará a cabo un concilio con ellos para prepararlos para la venida del Hijo del Hombre [Véase Daniel 7:9-14]. Él (Adán) es el padre de la familia humana, y preside sobre los espíritus de todos los hombres, y todos los que han tenido las llaves deben sentarse ante él en este gran concilio. … El Hijo del Hombre está delante de él, y allí se le da gloria y dominio. Adán reporta su mayordomía a Cristo, aquella que le fue entregada al tener las llaves del universo, pero retiene su título como líder de la familia humana.
En lo que sería, si no fuera por revelación moderna, un pasaje bastante misterioso en el libro de Daniel, se hace referencia a un recogimiento inusual de gente. “Miraba yo en la visión de la noche”, escribió Daniel, “y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él.
”Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido”. (Daniel 7:13-14).

La revelación moderna nos informa que la ubicación de este recogimiento es el Condado de Daviess, Misouri, en esa área que hemos llegado a conocer como Adán-ondi-Ahmán (Véase Doctrina y Convenios 116), el mismo lugar donde Adán se reunión con y profetizó a su numerosa posteridad tres años antes de su muerte.

El élder Joseph Fielding Smith ofreció la siguiente explicación: “En esta conferencia, o concilio, todos los que hayan tenido llaves de dispensaciones rendirán un informe de su mayordomía. Adán hará lo mismo, y luego él entregará a Cristo toda autoridad. Luego Adán será confirmado en su llamamiento como el príncipe sobre su posteridad y se instalará oficialmente y será coronado eternamente en este llamamiento de presidencia. Luego Cristo será recibido como Rey de reyes, y Señor de señores. No sabemos cuánto tiempo esta congregación estará en sesión, o cuántas sesiones se realizarán en este gran concilio. Es suficiente saber que es una congregación del Sacerdocio de Dios desde el principio de esta tierra hasta el presente, en cuyos informes se harán y todos aquellos a quienes se dio dispensaciones (talentos) declararán sus llaves y ministerio y darán un reporte de su mayordomía de acuerdo a la parábola. [Véase Mateo 25:14-30]. Se rendirá juicio ante ellos ya que es una congregación de los justos, aquellos que han tenido y tienen llaves de autoridad en el Reino de Dios sobre la tierra… Esto precederá al gran día de destrucción de los inicuos y será la preparación para el Reinado Milenario”. (Véase también, Doctrina y Convenios, sección 27). [9]

El futuro papel de Miguel

El presidente Joseph F. Smith, quien tuvo el privilegio de vislumbrar en visión el mundo de los espíritus en la época en que Jesús entró a él, escribió: “Entre los grandes y poderosos que se hallaban reunidos en esta numerosa congregación de los justos, estaban nuestro padre Adán, el Anciano de Días y padre de todos” (Doctrina y Convenios 138). En su capacidad de arcángel, Adán, o Miguel, aún realizará una poderosa misión en los años venideros, tanto antes como después del Milenio. Esto es asombroso, pero las escrituras lo declaran. Una asignación importante que le espera es ser el ángel que tocará la trompeta anunciando la resurrección de los muertos. La escritura dice: “Mas he aquí, de cierto os digo que antes que pase la tierra, Miguel, mi arcángel, tocará su trompeta, y entonces todos los muertos despertarán, porque se abrirán sus sepulcros y saldrán, sí, todos” (Doctrina y Convenios 29:26).

Durante el Milenio el demonio será atado, pero después será liberado por un corto tiempo, durante el cual el reunirá a sus fuerzas malignas para realizar un último ataque a Dios.

¿Quién dirigirá los ejércitos defensores del Señor? Ningún otro más que el mismo Miguel, cuya posición como arcángel lo califica para ser el capitán de la hueste del Señor. ¿No es él el jefe de los ángeles? Entonces, ¿no debería él dirigirlos a la batalla en contra Lucifer?
Como el arcángel él continua sirviendo los intereses del Señor con respecto a esta tierra. Esta última exaltación, por supuesto, está totalmente asegurada, pero debe esperar la terminación de su obra aquí.
Siete ángeles tocarán trompetas para anunciar una serie de acontecimientos que precederán la segunda venida del Salvador. Miguel será el séptimo de esos ángeles. Dice la escritura:
” Y Miguel, el séptimo ángel, el arcángel, reunirá a sus ejércitos, sí, las huestes del cielo. … Y entonces viene la batalla del gran Dios; y el diablo y sus ejércitos serán arrojados a su propio lugar” (Doctrina y Convenios 88:112, 114) [10]

Referencias

  1. Robert L. Millet, “El hombre Adán,” Liahona, febrero 1998, pág. 14.
  2. Mark E. Petersen, “Adán, el Arcángel,” Ensign, noviembre de 1980, pág. 16.
  3. Bruce R. McConkie, “Cristo y la Creación,” Tambuli, septiembre de 1983, pág. 22.
  4. Ezra Taft Benson, “Lo que espero que enseñen a sus hijos acerca del Templo,” Tambuli, abril de 1986, pág. 1.
  5. Robert L. Millet, “El hombre Adán,” Liahona, febrero de 1998, pág. 14.
  6. Ezra Taft Benson, “Lo que espero que enseñen a sus hijos acerca del Templo,” Tambuli, abril de 1986, pág. 1.
  7. El sacerdocio sempiterno ,” Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph Smith, (2007), págs. 101–13.
  8. Ezra Taft Benson, “Lo que espero que enseñen a sus hijos acerca del Templo,” Tambuli, Apr 1986, 1.
  9. Ibid.
  10. Mark E. Petersen, “Adán, el Arcángel,” Ensign, noviembre de 1980, pág. 16.