Condescendencia de Dios

De MormonWiki

La condescendencia es el acto de descender a un estado menor y menos digno, es el hecho de renunciar a los privilegios de jerarquía y rango, de otorgar honores y favores a alguien de menor categoría o posición. La condescendencia de Dios es el descenso de Cristo por debajo de todas las cosas. Él vino a la tierra para morar como un hombre, y sufrió más que cualquier persona a fin de redimir a los hijos de Dios y que pudieran heredar Su reino.

Es posible decir que hay dos condescendencias de Dios. En la primera, el Padre Inmortal, el gobernante glorificado, exaltado y consagrado del universo, desciende de su estado de dominio y poder para convertirse en el Padre de un Hijo que nacería de María, "según la carne”. En la segunda, Dios el Padre también condesciende enviando a su Hijo Unigénito para sufrir los pecados del mundo. El Salvador es un regalo de Dios para nosotros. [1]

Entonces, si vamos a hablar de la condescendencia de Dios, haciendo referencia a la de nuestro Padre Eterno, primero debemos conocer la clase de ser que Él es y su naturaleza. Debemos llegar a conocer su dignidad, majestad y su gloria, las cosas que hizo y está haciendo por nosotros y por todos sus hijos en toda la eternidad entre todas sus creaciones.
...Leemos esta pregunta: "¿Comprendes la condescendencia de Dios? y descubrimos que de alguna manera está relacionada con su amor por nosotros, sus hijos, sus hijos espirituales que ahora habitamos aquí en la tierra como seres mortales. Descubrimos en nuestro texto que Él será el Padre de un Hijo nacido "según la carne"; es decir, que condesciende, en su infinita sabiduría, a ser el Padre de un ser sagrado que nace en la mortalidad. Él decide cumplir con lo que decretó y anunció en el plan de salvación en la vida premortal cuando, después de haber explicado el plan, pidió un redentor y un salvador y dijo: "¿A quién enviaré a mi Hijo?". Por lo tanto, la condescendencia de Dios ocurre cuando Él es el Padre de un hijo literalmente nacido en la mortalidad; es decir, de un hijo nacido "según la carne". [2]
Y ocurrió que vi abrirse los cielos; y un ángel descendió y se puso delante de mí, y me dijo: Nefi, ¿qué es lo que ves?
Y le contesté: Una virgen, más hermosa y pura que toda otra virgen.
Y me dijo: ¿Comprendes la condescendencia de Dios?
Y le respondí: Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas.
Y me dijo: He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne.
Y aconteció que vi que fue llevada en el Espíritu; y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!
Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un aniño en sus brazos.
Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno!
Y cuando hubo pronunciado estas palabras, me dijo: ¡Mira! Y miré, y vi al Hijo de Dios que iba entre los hijos de los hombres; y vi a muchos que caían a sus pies y lo adoraban.
El ángel me dijo de nuevo: ¡Mira, y ve la condescendencia de Dios!
Y miré, y vi al Redentor del mundo, de quien mi padre había hablado, y vi también al profeta que habría de preparar la vía delante de él. Y el Cordero de Dios se adelantó y fue bautizado por él; y después que fue bautizado, vi abrirse los cielos, y al Espíritu Santo descender del cielo y reposar sobre él en forma de paloma.
Y vi que salió, ejerciendo su ministerio entre el pueblo con poder y gran gloria (1 Nefi 11:14-21, 24, 26-28).

"Hemos leído las palabras que un ángel le dice al rey Benjamín, las cuales lo describen como "el Señor Omnipotente que reina, que era y que es de eternidad en eternidad”, y luego dijo que él descenderá, morará en un tabernáculo de barro, ministrará entre los hombres, y que será Jesucristo, el Hijo de Dios y su madre se llamará María (Véase Mosíah 3:5, 8).

"Aquí tenemos algo glorioso. Tenemos seres nobles y exaltados en un nivel y estado muy por encima de nuestra actual circunstancia, incluso no podemos comprender de ninguna manera su dominio y gloria; además tenemos a uno de ellos, a Dios, nuestro Padre Eterno que bajó desde su noble condición y se convirtió en el Padre de un Hijo según la carne a través de la condescendencia, el amor infinito y la misericordia que tiene para con nosotros. Además, ese Hijo nació, fue su Hijo primogénito espiritual, que tenía igual poder y omnipotencia que el Padre. Tenemos a cada uno de ellos realizando una obra que no podemos entender de ningún modo en lo que respecta a la gloria, magnitud e importancia.

"Ahora el mayor y el más importante hecho que existe en toda la eternidad, lo que trasciende a todo lo demás desde el momento de la creación del hombre y del mundo, es el sacrificio expiatorio de Cristo el Señor. Él vino al mundo para vivir y morir, para vivir una vida perfecta y ser el camino, la similitud, el prototipo de todos los hombres, y para coronar su ministerio en la muerte, en la elaboración de lo infinito y en el sacrificio expiatorio eterno. Y en virtud de esta expiación, todas las cosas pertenecientes a la vida y la inmortalidad, a la existencia, a la gloria y la salvación, a la honra y a los premios tienen poder, eficacia y virtud. La expiación es el aspecto central de todo el sistema del evangelio. El Profeta dijo que todas las demás cosas pertenecientes a nuestra religión son sólo apéndices de la misma.

"Bien, esta expiación es posible gracias a las doctrinas de la Filiación Divina, y si Cristo no hubiera nacido en el mundo de la manera particular y expresa en la que nació, podría no haber heredado de su Padre el poder para realizar este infinito y eterno sacrificio expiatorio, en consecuencia, todo el plan de salvación podría haber sido nulo y nunca podríamos heredar o poseer las bendiciones de la inmortalidad o las glorias de la vida eterna. [3]

Una expiación infinita para la humanidad

"En el capítulo 34 de Alma, Amulek testifica la necesidad de que el Hijo de Dios debe venir personalmente a efectuar la expiación de acuerdo con el gran plan del Dios Eterno. Explica que la expiación debía ser "un gran y poster sacrificio", no un sacrificio de hombre, ni de bestia, ni de ningún género de ave como era habitual (véase Alma 34:9-10). Debía ser un sacrificio infinito, que cubra toda trasgresión, todo sufrimiento y debía ser eterno —para todo el género humano desde el infinito principio hasta el interminable final. No, no podía ser un sacrificio de hombre, de bestia, ni de ningún género de ave. Tenía ser un sacrificio de un Dios, incluso de Dios el Creador, Dios el Redentor. Debía condescender desde la dignidad divina hasta la mortalidad, y en la mortalidad hasta ser un cordero expiatorio. Su don de redención, a través de su condescendencia, exigía Su sufrimiento, su dolor exquisito y su humillación.

Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar ( Doctrina y Convenios 19:16-18).

"Al igual que la inmensidad de las creaciones de Dios, incomprensible para la mente finita, Su sufrimiento es igualmente incomprensible, como lo es Su Expiación también infinita. Su condescendencia es una parte integral, necesaria e inseparable de la Expiación. La misma Expiación se basó en Su voluntad de descender y sufrir. Su condescendencia, como parte de la Expiación, es probablemente tan esencial para la redención del género humano como lo fue Su sufrimiento en el Jardín de Getsemaní o en la cruz. Su Expiación fue un regalo voluntario para toda la humanidad —un regalo que no podría obtenerse de otro modo. Es el resultado de Su voluntad de descender. Él descendió no por obligación, ni por gloria, sino por amor. Su condescendencia para redimirnos a través de la Expiación fue el precio que Él pagó para proporcionar la salvación y la exaltación". [4]

Referencias

  1. Richard C. Edgley ","La condescendencia de Dios'", Liahona, diciembre de 2001, pág. 16. [1]
  2. Bruce R. McConkie, “He aquí la Condescendencia de Dios”, New Era, diciembre de 1984, pág. 35.
  3. Ibid.
  4. Edgley, "La condescendencia de Dios"
Herramientas personales
Otros idiomas