Consagrar

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El consagrar es apartar o dedicar para un propósito sagrado.

El apóstol Neal A. Maxwell dijo:

Tendemos a pensar en la consagración únicamente como el ceder nuestras posesiones materiales cuando se nos solicite en forma divina; pero la verdadera consagración consiste

en entregarse uno mismo a Dios. Cristo utilizó las palabras inclusivas corazón, alma y mente para describir el primer mandamiento, el cual siempre está vigente de manera constante y no periódica (véase Mateo 22:37). Si éste se observa, nuestras acciones se tornarán, como resultado, en una consagración total para el beneficio perdurable de nuestra alma (véase 2 Nefi 32:9).

Dicha totalidad comprende la convergencia sumisa de sentimientos, pensamientos, palabras y hechos, que es justamente lo opuesto del distanciamiento. “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?”. (Mosíah 5:13)

Al esforzarnos por lograr la sumisión máxima, de todos modos nuestra voluntad constituye todo lo que en realidad tenemos para darle a Dios. Los dones comunes y sus derivativos que le damos a Él podrían franquearse de manera justificada con el título: “Devolver al Remitente” con R mayúscula. Aun cuando Dios reciba este solo don a cambio, el verdadero fiel recibirá “todo lo que [Él] tiene” (D. y C. 84:38). [1]

El elder Stephen B. Oveson dijo:

“La ley de consagración”, dijo el élder Bruce R. McConkie (1915-1985) del Quórum de los Doce Apóstoles, “es que consagremos nuestro tiempo, talento, dinero y propiedades a la causa de la Iglesia; los cuales están disponibles hasta el punto que se necesiten para promover los intereses del Señor en la tierra”. (Obediencia, consagración y sacrificio”, “Ensign-en inglés”, Mayo de 1975, pág. 50).
En los años de 1820, la palabra “consagrar” se definía como “hacer o declarar sagrado, mediante determinadas ceremonias o ritos; apartar para fines sagrados; apartar, dedicar o entregar al servicio y a la adoración de Dios” (Diccionario Webster's, inicios de 1800). En la actualidad, se espera que los miembros de la Iglesia, al vivir la ley de la consagración, “se aparten a [sí mismos] para fines sagrados”. El hacerlo requiere que dediquen su tiempo, sus talentos y sus posesiones a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y sus propósitos.

Siempre que en las Escrituras se alude a aquellos que han aprendido, como sociedad, a vivir plenamente la ley de consagración, leemos de un pueblo puro y pacífico, libre de luchas y contención, un pueblo de Sión. Así fue con el pueblo de Enoc. En Moisés 7:18 leemos: “Y el Señor llamó Sión a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos”. [2]

Referencias

  1. Neal A. Maxwell, “Consagr[ad] vuestra acción”, Liahona, Julio de 2002, pág. 39–42. [1]
  2. Stephen B. Oveson y Dixie Randall Oveson, “Consagración personal”, Liahona, Septiembre de 2005, pág. 16. [2]

También véase