Jesucristo

De MormonWiki

Jesucristo es la figura sobre cual se basa la cristiandad. El Hijo de Dios ha efectuado El Plan de Salvación que el Padre le encomendó antes de esta tierra. Este plan que nombra a Jesucristo como Salvador del mundo se formó en La Vida Premortal. Debido a la importancia de su misión todo profeta antes de su nacimiento testificó de Él. Y a partir de Su muerte todo profeta hasta el día actual ha profetizado concerniente al Unigénito del Padre (Hechos 10:43). Jesucristo estando en la tierra nos mandó a seguirle y a ser como El, perfectos. Para lograr esta perfección, es necesario estudiar la vida y las enseñanzas de Jesucristo, arrepentirnos, hacer convenios con El y seguir fiel hasta el fin de nuestras vidas.

Tabla de contenidos

La Vida de Cristo fue Profetizada Mucho antes de su Nacimiento

Hay muchas referencias al Salvador en Santa Biblia junto con el Libro de Mormón. Profetas de los dos continentes recibieron revelación acerca de Jesucristo para predicar y enseñar acerca de su vida y Su Expiacion.

Un ángel le dijo a Adán que el nombre del Salvador sería Jesucristo (véase Moisés 6:51–52). Enoc vio que Jesús moriría en la cruz y luego resucitaría (véase Moisés 7:55–56). Noé y Moisés testificaron también de Él (véase Moisés 8:23–24). Aproximadamente unos ochocientos años antes del nacimiento del Salvador sobre la tierra, Isaías predijo Su vida, y cuando vio el dolor y el sufrimiento que Jesús pasaría a fin de pagar por nuestros pecados, exclamó:

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto… “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores… “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados… “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:3–7). Nefi un profeta del Libro de Mormón, también tuvo una visión del futuro nacimiento y misión del Salvador. En ella vio a una hermosa virgen, y un ángel le explicó:

“…He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según

la carne” (1 Nefi 11:18). En esta misma visión Nefi vio a la virgen con un niño en sus brazos; y el ángel le declaró: “…¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno! (1 Nefi 11:21). Aproximadamente 124 años antes del nacimiento de Jesús, el Rey Benjamín, otro rey y profeta Nefita, reunió a su pueblo poco antes de su muerte, para testificar del Salvador, e invitar a todo género humano a venir a Cristo para participar de su infinito amor:

“Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que

con poder, el Señor Omnipotente que reina, que era y que es de eternidad en eternidad, descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro, e irá entre los hombres efectuando grandes milagros, tales como sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan, y curar toda clase de enfermedades. “Y echará fuera los demonios, o los malos espíritus que moran en el corazón de los hijos de los hombres. “Y he aquí, sufrirá tentaciones, y dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga, aún más de lo que el hombre puede sufrir sin morir; pues he aquí, la sangre le brotará de cada poro, tan grande será su angustia por la iniquidad y abominaciones de su pueblo. “Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María” (Mosíah 3:5–8).

Fue el Unigénito del Padre

La historia del nacimiento y la vida del Salvador se encuentran registrados en Nuevo Testamento en los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. De esos relatos registrados por los apóstoles de Jesucristo, aprendemos que Jesús nació de una virgen llamada María, quien estaba comprometida en matrimonio con José cuando un ángel del Señor se le apareció. El ángel le dijo que iba a ser la madre del Hijo de Dios y ella le preguntó cómo iba a ser eso posible (véase Lucas 1:34). Él le respondió: “…El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). Por lo tanto, Dios el Padre es el Padre literal de Jesucristo. Jesús es la única persona sobre la tierra que nació de una madre mortal y un Padre inmortal y esta es la razón por lo que se le ha llamado el Hijo Unigénito. De Su madre heredó la mortalidad, y por consiguiente quedó sujeto al hambre, a la sed, la fatiga, el dolor y la muerte. De su Padre heredó poderes divinos. La Perfección es una cualidad que Jesucristo pudo heredar de su Padre. Los poderes del Sacerdocio le ayudaban a sanar, hacer milagros, y dar el ejemplo perfecto mediante sabiduría, amor, servicio, y llevar a cabo la Expiación. Jesucristo voluntariamente, por amor a los hijos de Dios, dio su vida para librar a todo ser obediente del pecado. Nadie podía quitarle la vida al Salvador si Él no lo deseaba; tenía el poder para dejar su cuerpo, y poder para tomarlo nuevamente después de la muerte. (Véase Juan 10:17–18.)

La Vida Perfecta de Jesucristo

Desde su juventud, Jesús obedeció todo lo que su Padre Celestial le pidió. Bajo la guía de María y de José, se crió como cualquier otro niño; amando y obedeciendo la verdad. Lucas nos dice: “Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lucas 2:40). Desde temprana edad, Jesús sabia que había sido mandado para cumplir un propósito especial. Para hacer la voluntad de Su Padre, Dios. Durante esos días fue con sus padres a Jerusalén. Al regresar, viajando en camino, sus padres se dieron cuenta de que Jesús no se encontraba entre ellos y regresaron a Jerusalén a buscarlo. “Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas” (Lucas 2:46–47).

José y María después de buscar tres días se sentían tristes y afligidos buscando a Jesucristo. María le dijo: “…Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre [José] y yo te hemos buscado con angustia. Jesús entonces les contestó dulcemente, recordándoles que José era sólo su padrastro: ”…¿No sabíais que en los negocios de mi Padre [Celestial] me es necesario estar?“ (Lucas 2:48–49).

El Bautismo de Jesucristo

Cuando Jesucristo tenía treinta años de edad, fue a ver a su primo, el profeta Juan para pedirle que lo bautizara en las aguas del río Jordán. Juan el Bautista, como se le llama en las escrituras, había profetizado que un día vendría alguien “ más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado;) Lucas 3:16. Y cuando vio que Jesucristo le pedía Bautismo, rehusaba a bautizarlo ya que sabía que Jesús nunca había pecado. Aun así, Jesucristo le pidió a Juan el bautismo para cumplir con “toda justicia”. Juan bautizó al Salvador sumergiéndolo completamente en el agua. Y después que Jesús fue bautizado, Su Padre habló desde los cielos y dijo: “…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma. (Véase Mateo 3:13–17.)

Poco después del bautismo de Jesús, Satanás fue a verlo para tentarlo, porque deseaba que el Salvador fracasara en Su misión. Satanás sabía que si podía lograr que Jesús pecara, entonces Plan de Salvación sería frustrado, y el Salvador dejaría de ser sin mancha. De esa manera Satanás lograría frustrar el plan de Dios, y todos fuéramos miserables como él, y eso nos impediría regresar a vivir con Dios.

Satanás tentó a Jesús luego que Éste hubo ayunado por cuarenta días; Satanás buscó el momento donde el Salvador estuviera lo más débil. Pero Él se resistió a las tentaciones de Satanás y ordenó que se retirara. Después que Satanás se fue, vinieron ángeles para ministrar a Jesús. (Véase Mateo 4:1–11.)

El Salvador Nos Enseñó a Amar y a Servir

Poco después de la tentación de Jesús, El comenzó Su ministerio público. Jesucristo no sólo vino a la tierra para morir por nosotros, sino también para enseñarnos principios, darnos mandamientos, y vivir una vida ejemplar. Nos dio los dos mandamientos mayores; el primero: amar a Dios con todo nuestro corazón, mente y fuerza; y el segundo: amar a los demás como a nosotros mismos (véase Mateo 22:36–39). En estos dos mandamientos se cumplen los demás; Si amamos a Dios, confiaremos en Él y le obedeceremos, tal como Jesús lo hizo. Si amamos a los demás, les ayudaremos a satisfacer sus necesidades físicas y espirituales. Así, se cumplen todos los mandamientos que nos ha dado el Señor. Jesús pasó Su vida al servicio de los demás; curó enfermedades, hizo que el ciego recobrara la vista, que el sordo oyera y que el paralítico caminara. Una vez en que se encontraba sanando enfermos, se hizo tarde y la gente que lo seguía tenía hambre. En lugar de mandarlos que se retiraran, bendijo cinco hogazas y dos peces y en forma milagrosa pudo dar de comer a la multitud compuesta de más de cinco mil personas. (Véase Mateo 14:14–21.) Nos enseñó que siempre que encontremos a alguien con hambre, con frío, desnudo o solo, debemos ayudarle en todo lo que esté a nuestro alcance. Cuando ayudamos a los demás, estamos sirviendo al Señor. (Véase Mateo 25:35–46.)

Jesús amó a la gente con todo Su corazón, y con frecuencia se sintió tan lleno de compasión que lloró por ellos; amó a los niños, a los ancianos y a la gente sencilla y humilde que tuvo fe en Él. Amó a quienes habían pecado y con gran compasión les dijo que se arrepintieran y se bautizaran. Jesús enseñó: “…Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6).

Jesús aun amó a quienes pecaron en Su contra y no se arrepintieron. Al final de Su vida, cuando se encontraba colgado en la cruz, oró a Su Padre por los soldados que lo habían crucificado, y le rogó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Él enseñó: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:12).

Jesús Estableció Su Iglesia Verdadera

Jesús quiso que Su Evangelio se enseñara a todos los habitantes de la tierra; por lo tanto, eligió a Doce Apóstoles para que testificaran de Él. Jesucristo edificó Su Iglesia de cierta forma y mandó que se hiciera así, para que hubiera un fundamento:

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de apóstoles y profetas , siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo…”

Los mormones enseñan que este mismo fundamento se restauró en 1820 por medio de José Smith, y que ese fundamento existe en La Iglesia en la Actualidad Estos primeros apóstoles fueron los primeros líderes de Su Iglesia, quienes recibieron La Autoridad para actuar en Su nombre y para llevar a cabo las obras y Ordenanzasque le habían visto hacer a Él. Las personas que recibieron la autoridad de ellos, también pudieron enseñar, bautizar y efectuar otras ordenanzas en Su nombre. Luego de Su muerte, ellos continuaron haciendo Su obra hasta que la gente se volvió tan inicua que mataron a los apóstoles y la verdad y la Iglesia de Jesucristo Desapareció.

Jesucristo Efectúa La Expiación

Cuando Su obra de enseñar y bendecir a la gente hubo terminado, Jesús se preparó para hacer el último y más importante sacrificio por todos los pecados de la humanidad; fue condenado a morir porque había testificado que era el Hijo de Dios.

La noche antes de la crucifixión, fue a un huerto que se llamaba Getsemaní, y una vez allí se postró de rodillas y oró. Muy pronto se sintió abrumado por una gran angustia y lloró mientras oraba. Jesús, “Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).

Los mormones utilizan más escrituras que La Santa Biblia y El Libro de Mormón, también utilizan un libro de escritura llamado Doctrina y Convenios, este libro se considera revelación moderna. En este libro el Salvador describe cuán grande fue en realidad Su sufrimiento, y dijo que hizo que Él “…temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18). La tremenda angustia de tomar

sobre sí cada uno de los pecados que todos los seres humanos hayan cometido alguna vez pasó a través del cuerpo del Salvador. Ninguna persona mortal puede comprender cuán terrible fue esa carga. Pero un ser humano siente muchos pesares a causa del pecado, por ejemplo: Si una persona comete un pecado en un momento de tentación, sabiendo que es pecado, después esa persona siente culpa, pesar, angustia, vergüenza, dolor, y muchos sentimientos muy pesados y difíciles. Si pensamos, esos sentimientos fueron a causa de un pecado. Si se puede pensar en cuantos pecados comete una persona en su vida, y pudiéramos sentir el pesar y dolor de todos esos pecados al mismo tiempo, en un solo momento, sería un dolor incomprensible, algo que jamás una persona mortal ha sentido. Este dolor sería a causa de los pecados de una sola persona. Pero al pensar en cuantas personas viven, han vivido, y vivirán, los pecados de todo el genero humano es algo que sólo el Salvador podría aguantar.

Ninguna otra persona pudo haber padecido una agonía de cuerpo y espíritu como esa. Él “…descendió debajo de todo… a fin de que estuviese en todas las cosas y a través de todas las cosas, la luz de la verdad” (D. y C. 88:6).

A pesar de haber sufrido tanto, Su sufrimiento aún no había terminado. Al día siguiente, Jesús fue golpeado, humillado, azotado, bofeteado y escupido; fue obligado a llevar Su propia cruz hasta la colina en donde sería clavado y crucificado; y una vez allí, fue levantado en la cruz. Fue torturado de la forma más cruel que los hombres jamás hayan concebido; Jesucristo había vivido una vida perfecta, enseñando amor a todo quien viniera a El. Sin embargo, su hora había llegado para efectuar la expiación y después de pasar nueve horas colgado de la cruz, clamó en agonía: …“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). En la hora más amarga de Jesús, el Padre retiró Su espíritu de Él para que el Salvador terminara de pagar con Su sufrimiento los pecados de toda la humanidad y pudiera tener una victoria completa sobre las fuerzas del pecado y la muerte.

Cuando el Salvador supo que el Padre había aceptado Su sacrificio, clamando a gran voz, dijo: “…Consumado es” (Juan 19:30). “…Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46); e inclinando la cabeza entregó voluntariamente Su espíritu. El Salvador había muerto y un violento terremoto sacudió la tierra. Un centurión estando cerca de Jesucristo a la hora de su muerte se dio cuenta de lo que había sucedido y dijo “ Verdaderamente este hombre era justo” (Lucas 23:47.)

Algunos de Sus amigos llevaron el cuerpo del Salvador a un sepulcro, donde permaneció tres días. Durante ese tiempo, Su espíritu fue al Mundo de los Espíritus para organizar la obra misional entre los espíritus que necesitaban recibir el Evangelio (véase 1 Pedro 3:18–20; D. y C. 138). Al tercer día, el domingo,

el espíritu de Cristo volvió a Su cuerpo y lo tomó nuevamente. Él fue el primero en vencer a la muerte. La profecía de que “…era necesario que él resucitase de los muertos” (Juan 20:9), se había cumplido.

Poco después de Su Resurrección, el Salvador se apareció a Los Nefitas en el continente Americano, y estableció Su Iglesia en América. Enseñó a la gente y la bendijo. Este relato conmovedor se encuentra en El Libro de Mormón (3 Nefi del 11 al 28).


A fin de cumplir con Su misión, Jesús hizo la voluntad de Su Padre Celestial y declaró: “…nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo… porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:28–29).

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