Ley de Consagración

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La Ley de Consagración es considerada por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como una "ley celestial". Es decir, las personas que viven una vida dedicada al servicio de Dios, de tal modo que en el juicio sean asignadas al reino celestial, pueden vivir la Ley de Consagración y se espera que lo hagan. La Ley de Consagración significa que, si fuera necesario o solicitado, una persona podría dar todo lo que tiene para la edificación del reino de Dios en la Tierra. Esa persona estaría dispuesta a dar de todo corazón su tiempo, sus talentos y sus recursos. Por lo tanto, la persona está "consagrando" todos sus bienes personales al Señor.

“La ley de consagración”, dijo el élder Bruce R. McConkie (1915-85) del Quórum de los Doce Apóstoles, “es que consagremos nuestro tiempo, talento, dinero y propiedades a la causa de la Iglesia; los cuales están disponibles hasta el punto que se necesiten para promover los intereses del Señor en la tierra”. [1]

La mayoría de los Santos de los Últimos Días viven la Ley de Consagración en parte. Dan su tiempo y talento para cumplir con diversos llamamientos en la Iglesia y dan sus bienes económicos para pagar el diezmo y lasofrendas de ayuno, así como para apoyar otras actividades de caridad que emprende la Iglesia, tales como fondos para la construcción de templos, ayuda humanitaria, fondos para las misiones, etc. Los misioneros mormones consagran su tiempo por un número de años al Señor y ellos mismos cubren sus gastos mientras sirven en sus misiones. Muchos hombres jóvenes apartan dinero durante sus años de infancia y adolescencia como una manera de prepararse para sus misiones. Los misioneros dejan atrás sus puestos de trabajo, sus estudios, deportes, aficiones y seres queridos a fin de servir. El Señor ha establecido, en principio, un sistema mediante el cual los santos pueden crear una sociedad y una economía basada en que todos los ciudadanos vivan la Ley de Consagración. Este sistema se llama la Orden Unida.

La ley de consagración y la orden unida, reveladas por el Señor como los medios para la aplicación de la Ley de Consagración, se establecen en las secciones 42 y 51 de Doctrina y Convenios.
La ley exige “que uno transfiera y entregue al obispo,...‘mediante un convenio y un título que no pueden ser violados’ (Doctrina y Convenios 42:30; Doctrina y Convenios 58:35, 36), todas sus propiedades”. [2]
[Y] que el obispo,... vuelva a trasferir inmediatamente a los donantes ‘cuanto sea suficiente para él y su familia’ (Doctrina y Convenios 42:32), cada uno ‘según su familia, conforme a sus circunstancias, carencias y necesidades (Doctrina y Convenios 51:3), ‘según sus carencias y necesidades si éstas son justas’ (Doctrina y Convenios 82:17).
Lo que es transferido nuevamente a los donantes suele ser llamado ‘mayordomía’ una ‘porción’ o una ‘herencia’ (Doctrina y Convenios 51:4, 70:3, 9, 82:17, 42:32, 72:3, 104:11; 57:11, 15). [3]

El propósito de la Orden Unida es humillar a los ricos y elevar a los pobres. Debido a que todos los participantes están obligados a trabajar, ninguno de los pobres recibe sustento sin antes hacer una contribución. En el Antiguo Testamento, el Señor condenó a los israelitas una y otra vez ya sea por ignorar o por pisotear a los pobres. La preocupación por los pobres es uno de los temas centrales del evangelio de Cristo, y la Ley de Consagración y la Orden Unida están destinadas a acabar con la pobreza.

Las Escrituras hablan de varias ocasiones en las que la ley de consagración ha sido aplicada de alguna forma. La primera vez ocurrió en los días de Enoc cuando “el Señor vino y habitó con su pueblo, y moraron en rectitud…Y el Señor llamó Sión a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:16, 18). Otra ocasión se produjo entre los nefitas, inmediatamente después del ministerio del Cristo resucitado, sobre lo cual el registro dice: “Ocurrió que en el año treinta y seis se convirtió al Señor toda la gente sobre toda la faz de la tierra, tanto nefitas como lamanitas; y no había contenciones ni disputas entre ellos, y obraban rectamente unos con otros. Y tenían en común todas las cosas; por tanto, no había ricos ni pobres, esclavos ni libres, sino que todos fueron hechos libres, y participantes del don celestial. Y ocurrió que no había contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo” (4 Nefi 1:2-3, 15). [4]

Los santos que fueron a Misuri a principios de los años 1830 tuvieron el encargo de vivir la Ley de Consagración pero no lo hicieron. En 1834, cuando fueron atacados por turbas y expulsados de sus hogares, José Smith dirigió un “grupo llamado el Campo de Sión, llevando ropa y provisiones. El Profeta recibió esta revelación mientras el grupo se hallaba acampado a orillas del río Fishing” (Doctrina y Convenios 105, encabezado) que dice:

“De cierto os digo a vosotros que os habéis congregado para saber mi voluntad en cuanto a la redención de mi pueblo afligido:
He aquí, os digo que si no fuera por las transgresiones de mi pueblo, en lo que a la iglesia respecta, y no a individuos, bien habrían sido redimidos ya.
Pero he aquí, no han aprendido a ser obedientes en las cosas que requerí de sus manos, sino que están llenos de toda clase de iniquidad, y no dan de sus bienes a los pobres ni a los afligidos entre ellos, como corresponde a los santos;
Ni están unidos conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial;
No se puede edificar a Sión sino de acuerdo con los principios de la ley del reino celestial; de otra manera, no la puedo recibir” (Doctrina y Convenios 105:1-5).

Desde que se recibió esta revelación, los miembros de la Iglesia no han sido obligados a vivir la Ley de Consagración. Hubo, sin embargo, algunos intentos de corta duración para establecer una orden unida para las comunidades en el Oeste. En la década de 1930, se inauguró nuestro actual programa de bienestar, que incorpora algunas fases de la ley de consagración. [5] Los miembros justos de la Iglesia estarán, en algún momento, “unidos conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial” y ellos vivirán la ley de consagración durante el Milenio. El Señor ha declarado: “Yo os digo: Sed uno; y si no sois uno, no sois míos” (Doctrina y Convenios 38:27).

Referencias

  1. “Obediencia, consagración y sacrificio”, Ensign, revista en inglés, mayo de 1975, pág. 50.
  2. Albert E. Bowen, "El plan de bienestar de la Iglesia", pág. 7.
  3. Bowen, pág. 8.
  4. Marion G. Romney, “Q&A: Questions and Answers” (“Q&A: Preguntas y Respuestas”), “New Era”, revista en inglés, mayo de 1979, pág. 38-39.
  5. Ibid.