Pecado

De MormonWiki

Cometer un pecado es desobedecer intencionalmente los mandamientos de Dios o dejar de actuar con justicia a pesar de tener conocimiento de la verdad (véase Santiago 4:17).

Cada alma mortal responsable (toda persona en su cabal juicio mayor de 8 años) ha pecado hasta cierto punto y, por lo tanto, ha sido apartada de la presencia de Dios, quien no puede mirar el pecado con ningún grado de tolerancia. A través de la Expiación de Jesucristo, los hombres se arrepienten de sus pecados y reciben el perdón del Señor, como si nunca hubieran pecado en absoluto. Los que constantemente se arrepienten de sus pecados y al mismo tiempo se esfuerzan por obedecer al Señor, finalmente llegarán a ser como Él.

"Pecado Original"

La doctrina de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se diferencia de otras confesiones cristianas en su concepto de "pecado original".

A causa de la caída de Adán y Eva, todas las personas viven en una condición caída, separadas de Dios y sujetas a la muerte física. Sin embargo, no estamos condenados por lo que muchos denominan el "pecado original". En otras palabras, no somos responsables de la trasgresión de Adán en el Jardín del Edén. El profeta José Smith dijo: "Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán" (Artículos de Fe 1:2).
A través de la Expiación, el Salvador pagó el precio de la transgresión en el Jardín del Edén (véase Moisés 6:53). Él nos ha dado la garantía de la resurrección y la promesa de que, sobre la base de nuestra fe, podemos volver a habitar en la presencia de nuestro Padre Celestial para siempre.

Superando el pecado

Durante el ministerio del Salvador en el Nuevo Mundo, que duró tres días, Él enseñó Su doctrina, autorizó a Sus discípulos para efectuar las ordenanzas del sacerdocio, sanó a los enfermos, oró por la gente y con ternura bendijo a los niños. Al acercarse el final del tiempo que el Salvador estaría con el pueblo, resumió en forma concisa los principios fundamentales de Su evangelio.
Él dijo: “Y éste es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha (3 Nefi 27:20).
Es esencial que comprendamos y apliquemos a nuestra vida los principios básicos que describió el Maestro en este pasaje de las Escrituras. El primero fue el arrepentimiento, es decir, “entregar el corazón y la voluntad a Dios… abandonando el pecado” (Guía para el Estudio de las Escrituras, pág. 19, “Arrepentimiento”). Al buscar y recibir en forma apropiada el don espiritual de la fe en el Redentor, recurrimos a los méritos, la misericordia y la gracia del Santo Mesías y confiamos en ellos (véase 2 Nefi 2:8). El arrepentimiento es el dulce fruto que se recibe por la fe en el Salvador e implica volcarnos a Dios y alejarnos del pecado.[1]

Después del arrepentimiento, se espera que el creyente realice sagrados convenios de salvación y participe en las ordenanzas necesarias para alcanzar el reino de Dios. Luego, debe hacer cosas buenas, desarrollando muchas obras de caridad, y persevere hasta el final de su vida en rectitud, arrepintiéndose rápidamente de cualquier transgresión.

El evangelio de Jesucristo abarca mucho más que evitar, vencer y ser limpios del pecado y de las malas influencias de nuestra vida; también conlleva, fundamentalmente, hacer el bien, ser buenos y llegar a ser mejores. Arrepentirnos de nuestros pecados y pedir perdón son cosas espiritualmente necesarias, y siempre debemos hacerlas, pero la remisión de los pecados no es ni el único ni aun el más importante propósito del Evangelio. El que nuestro corazón cambie por medio del Espíritu Santo al punto de “ya no tener más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2), como tenía el pueblo del rey Benjamín, es la responsabilidad que hemos aceptado bajo convenio. Este potente cambio no es sólo el resultado de esforzarnos con más ahínco o de lograr mayor disciplina individual; más bien, es la consecuencia de un cambio radical en nuestros deseos, motivos y naturaleza, que se logra por medio de la expiación de Cristo el Señor. Nuestro propósito espiritual es superar tanto el pecado como el deseo de pecar, tanto la mancha del pecado como su tiranía.[2]

A medida que el fiel creyente avanza con empeño en un esfuerzo para "nacer de nuevo", rápidamente él se dará cuenta de la enorme brecha que lo separa a él, un pobre pecador, de la gran perfección de Dios. Esa percepción es imponente, pero el Señor simplemente invita a los hombres a dirigirse constantemente hacia él:

  • Pues he aquí, así dice el Señor Dios: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría; pues a quien reciba, le daré más; y a los que digan: Tenemos bastante, les será quitado aun lo que tuvieren.
    Así que, no temáis, rebañito; haced lo bueno; aunque se combinen en contra de vosotros la tierra y el infierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer.
He aquí, no os condeno; id y no pequéis más; cumplid con solemnidad la obra que os he mandado.
Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis.
Mirad las heridas que traspasaron mi costado, y también las marcas de los clavos en mis manos y pies; sed fieles; guardad mis mandamientos y heredaréis el reino de los cielos. Amén (Doctrina y Convenios 6:34-37).

Referencias

  1. David A. Bednar, “Limpios de manos y puros de corazón”, Liahona, noviembre de 2007, pág. 80-83.
  2. Ibíd.
Herramientas personales
Otros idiomas