Prisión espiritual

De MormonWiki
Saltar a: navegación, buscar

“Prisión Espiritual” es un término común entre los mormones referente al mundo espiritual, en donde los espíritus de la humanidad esperan reunirse con sus cuerpos físicos en la Resurrección. Los mormones usan este término en dos formas, que trataremos después. En cualquier caso, la prisión espiritual se refiere a aquellos que no han recibido las bendiciones del paraíso espiritual.

Prisión como un Lugar de Aprendizaje, Preparación y Espera

Muchos de los que han muerto en la historia del mundo no tuvieron acceso a la plenitud del evangelio de Jesucristo. Después de morir, se les enseña el evangelio en el mundo espiritual. Jesucristo mismo enseñó a los espíritus en el mundo espiritual, como lo explica Pedro en el Nuevo Testamento:” En el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados” (1 Pedro 3: 18-21]). Cuando uno muere, uno mantiene su capacidad para aprender y crecer. A esta gente se le enseña fe en Jesucristo y el arrepentimiento. También se les enseña sobre el bautismo por los muertos y el recibir el Espíritu Santo (ver Doctrina y Convenios 138:33). Como el Salvador mismo dijo, “La verdad os hará libres”. (Juan 8:32). Los mormones se regocijan en pensar que al realizar bautismos por los muertos puede ayudar a aquellos que han fallecido, si estos lo aceptan. Cada uno conserva su libre voluntad (o albedrío en el mundo espiritual.

Doctrina y Convenios, sección 138, es un registro de la visión del Profeta Joseph F. Smith del mundo espiritual. El vio que Cristo visitó y ministró a los espíritus de los muertos en el paraíso espiritual, en donde los espíritus de los justos moraban hasta el día del juicio y resurrección. Existe una gran brecha entre el paraíso espiritual y la prisión espiritual, y Cristo no fue a los espíritus en prisión, sino que llamó a ministrantes para hacerlo. Entre estos ángeles ministrantes estuvieron/están muchos de los grandes profetas que alguna vez vivieron en la tierra. Esto muestra la importancia de la obra en reclamar hasta por la última alma que escuchará las palabras de Cristo. Ello demuestra lo grande que es el amor del Señor por Sus hijos, que aunque vivan en la tierra, o mortalidad, que significa un tiempo de probación, el Señor aún trabaja con aquellos que tropezaron durante su probación mortal, ministrándolos en el mundo espiritual.

La Prisión como Infierno

Ahora bien, las personas conservan su carácter cuando entran al mundo espiritual. En forma real, aquél que pasó su vida rechazando a Cristo y Su evangelio probablemente no aceptará Su evangelio en el mundo espiritual. La muerte no cambia nuestra naturaleza. Cuando un malvado entra al mundo espiritual, la culpa y dolor de reconocer su propia distancia de Dios son tremendos. Como menciona el Libro de Mormón, “Las demandas de la justicia divina despiertan en su alma inmortal un vivo sentimiento de su propia culpa que lo hacen retroceder de la presencia del Señor, y le llena el pecho de culpa, dolor y angustia, que es como un fuego inextinguible cuya llama asciende para siempre jamás.” (Mosíah 2:38). “No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis; me arrepentiré; me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto; porque el mismo espíritu que posea vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno. (Alma 34:34).

Por lo tanto, mientras podemos tener esperanza por otros que han muerto, puesto que no conocemos su corazón, es tonto que nosotros rechacemos el evangelio ahora y pensemos en aceptarlo en el mundo espiritual. El mensaje de los Profetas es y siempre ha sido arrepentirse y volverse a Cristo “ahora”. El Presidente Henry B. Eyring, uno de los apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (La Iglesia Mormona) escribió un magnífico discurso sobre el tema llamado “Este Día”.

Cristo ha dicho que aquellos que se rehúsan a arrepentirse y venir a El es como si no se hubiera llevado ninguna expiación. Por lo tanto, ellos deben sufrir por sus propios pecados:

Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
Más si no se arrepienten; tendrán que padecer así como yo;
Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar. (Doctrina y Convenios 19: 16-18).

Páginas relacionadas