Segundo Consolador

De MormonWiki

Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.
El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he dicho estas cosas estando con vosotros.
Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho (Juan 14:23-26).

El Espíritu Santo permanece al lado de los hombres en la ausencia de Cristo. El Espíritu Santo es conocido como el consolador.

El profeta José Smith dijo: “Después que una persona tiene fe en Cristo, se arrepiente de sus pecados, se bautiza para la remisión de ellos y recibe el Espíritu Santo (por la imposición de manos), que es el primer Consolador, entonces si continúa humillándose ante Dios, teniendo hambre y sed de justicia y viviendo de acuerdo con todas las palabras de Dios... entonces será suyo el privilegio de recibir el otro Consolador que el Señor ha prometido a los santos…¿Qué, pues, es este otro Consolador? No es nada más ni menos que el Señor Jesucristo mismo” (Enseñanzas del profeta José Smith, págs. 84-85).

Por lo tanto, Jesucristo es conocido en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como el Segundo Consolador. Jesús dijo, "Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre" (Juan 14:16).

Aquellos que reciben al Segundo Consolador, o reciben la promesa de vida eterna, tienen el privilegio de comunión personal y abierta con el Hombre de Santidad y su Hijo Jesucristo. El profeta José habló en repetidas ocasiones de los Santos en comunión personal con Dios el Padre y Jesucristo. (Véase HC 1:283-4; 3:381, 5:530, 6:51.) [1]
El presidente Joseph Fielding Smith ha escrito: “Hay miles de personas que creen en la promesa del Señor de ‘que toda alma que deseche sus pecados y venga a mí, invoque mi nombre, obedezca mi voz y guarde mis mandamientos, verá mi faz y sabrá que yo soy’ (Doctrina y Convenios 93:1). Y esta promesa es para todos los hombres del mundo a fin de que puedan saber si podrán ver su faz” (Improvement Era 33:726).

Experiencias con el Segundo Consolador

  • El élder Orson F. Whitney, un joven misionero en los estados orientales, dice que una noche recibió una visión:
Me parecía estar en el Jardín de Getsemaní presenciando la agonía del Salvador, y lo veía claramente. Hallándome de pie, detrás de un árbol, vi a Jesús que pasaba con Pedro, Santiago y Juan por una portezuela que había a mi derecha; después de dejar allí a los tres apóstoles y de decirles que se arrodillasen y orasen, el Hijo de Dios atravesó el jardín yendo a un lugar donde Él también se arrodilló a orar. Era la misma oración que conocen todos los estudiosos de la Biblia: ‘Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú’.
Cuando oraba, las lágrimas le corrían por el rostro, que yo veía de frente. Entonces me sentí tan profundamente conmovido que también lloré y mi corazón entero fue hacia Él; sentí que lo amaba con toda mi alma y deseé con ansias estar con Él como jamás había anhelado estar con persona alguna.
De pronto, poniéndose de pie se dirigió hacia donde habían quedado los apóstoles... ¡y los encontró profundamente dormidos! Despertándolos suavemente les preguntó con un tono de dulce reproche, sin la más leve traza de enojo ni impaciencia, sino con pena, si no podían velar con Él una hora. Allí estaba Él, cargando en sus hombros el peso indescriptiblemente abrumador de los pecados del mundo, atravesándole el alma sensible las congojas de todo el género humano... ¡y ellos no podían velar con Él tan sólo una hora!
Volviendo a su lugar pronunció la misma oración, después de lo cual regresó junto a sus discípulos y los encontró dormidos; como antes, los despertó, los amonestó nuevamente y una vez más regresó a orar. Esto sucedió tres veces, hasta que estuve perfectamente familiarizado con su apariencia—rostro, forma y movimientos. Él era de estatura noble y semblante majestuosa—no aquel ser débil y afeminado que algunos pintores han retratado; sino el mismo Dios que era y es, tan dócil y humilde como un pequeño niño.
De repente, la situación pareció cambiar, si bien el escenario seguía siendo el mismo, pero ahora, ya había tenido lugar la Crucifixión y el Salvador estaba con los tres apóstoles a mi izquierda. Estaban a punto de partir y de ascender al cielo. Ya no pude soportarlo más; salí corriendo de detrás del árbol, caí a Sus pies, me abracé a Sus rodillas y le supliqué que me llevara con Él.
Jamás olvidaré la forma tierna y bondadosa en que se inclinó, me levantó y me abrazó. Era tan vívido, tan real, que pude sentir el calor de Su pecho. Entonces me dijo: “No, hijo mío, ellos han terminado su obra y pueden acompañarme, pero tú debes quedarte y terminar la tuya”. Aún me hallaba abrazado a Él y con la mirada elevada hacia Su rostro—pues era más alto que yo—, supliqué de todo corazón: “Al menos prométeme que al final iré contigo”. Sonrió dulce y tiernamente y dijo: “Eso dependerá totalmente de ti”. [2]
  • Mientas se encontraba en su viaje por el mundo y aproximándose a Apia, Samoa, en un barco, el Presidente David O. McKay "tuvo una visión infinitamente sublime":
Vi en la distancia una bella ciudad blanca. A pesar de que estaba lejos, creía ver los árboles cargados de abundante fruto, los arbustos con follaje de color brillante y las flores perfectas por todas partes; el cielo despejado parecía reflejar los tonos de aquellos hermosos colores. Entonces vi un grupo grande de personas que se acercaban a la ciudad; todos llevaban puestas túnicas blancas y un tocado blanco. De inmediato, mi atención se enfocó en el líder y, aunque sólo distinguía el perfil de sus rasgos y su figura, ¡en seguida lo reconocí como mi Salvador! El tono y el resplandor de su semblante eran algo glorioso de contemplar. Lo rodeaba un halo de paz que resultaba sublime... ¡era divino!
“Según comprendí, la ciudad era Suya. Era la Ciudad Eterna; y la gente que lo seguía iba a morar allí en paz y felicidad perpetuas.
Pero, ¿quiénes eran esas personas?
Como si hubiera leído mis pensamientos, el Salvador respondió señalando hacia un semicírculo que se veía por encima de ellos en el cual estaban escritas con oro estas palabra:
Éstos son los que han vencido al mundo, los que ciertamente han nacido de nuevo”.

[3]

El Segundo Consolador y la "vocación y elección"

Aunque el proceso para obtener la exaltación continúa incluso en el mundo espiritual, el conocimiento de que una persona será exaltada con los privilegios de la vida eterna puede ser cierto en esta vida. Esto es asegurar la vocación y elección.
Pedro amonestó a los antiguos santos a que “hagan firme su vocación y elección” y el apóstol Pablo dio las gracias al Señor por dar tal doctrina. (Véase 2 Pedro 1:10-11, Efesios 1:13-14.) Además, el profeta José Smith utilizó esta misma expresión al hablar sobre la exposición de Pedro y las enseñanzas de Pablo. (Véase Teachings, págs. 305, 149.)
Pedro dejó en claro que un testimonio de Jesucristo no es en sí misma una evidencia de que nuestra vocación y elección han sido firmes. Cuando mencionó su experiencia en el Monte de la Transfiguración con el Salvador y sus apóstoles Santiago y Juan (véase Mateo 17:1-8), dijo que a pesar de que habían escuchado la voz del Padre que declaraba que Jesús era su Hijo, esto no era suficiente para obtener la bendición—había “una palabra profética más segura”—la afirmación de la vocación y elección (Véase 2 Pedro 1:16-19).
En cuanto a la instrucción y el testimonio de Pedro, José Smith dijo: “Aunque oyesen la voz de Dios y supiesen que Jesús era el Hijo de Dios, esto no sería evidencia de que su elección y vocación había sido hecha firme… Así pues, buscarían esa palabra profética más permanente de que habían sido ligados en los cielos, y que tenían la promesa de vida eterna en el reino de Dios. Y habiéndoles sido confirmada esta promesa, era como un ancla para el alma, firme y segura. Aunque retumbaran los truenos, y deslumbraran los relámpagos, y rugieran los terremotos, y los rodearan las guerras, aún así, esta esperanza y conocimiento sostendrían sus almas en toda ocasión de pruebas, angustias y tribulación” (Teachings, pág. 298).
¿Qué es, entonces, afirmar la vocación y elección? La siguiente escritura da la siguiente definición:
La palabra profética más segura significa que un hombre sepa, por revelación y el espíritu de profecía, que está sellado para vida eterna, mediante el poder del Santo Sacerdocio. (Doctrina y Convenios 131:5). [4]

Según lo expresado por el élder Bruce R. McConkie:

Tener nuestra vocación y elección aseguradas es estar sellados para la vida eterna, es tener la promesa incondicional de la exaltación en el más alto cielo del mundo celestial, es recibir la garantía divina; es en efecto , tener anticipado el día del juicio, de manera que asegura una herencia de toda la gloria y honor del reino del Padre antes del día en que los fieles realmente ingresen a la presencia divina a sentarse con Cristo en su trono, incluso “sentado” con su “Padre en su trono (Apocalipsis 3:21).[5]

Como el élder McConkie continúa indicando, una “promesa incondicional” significa que las acciones de una persona han sido totalmente aprobadas, que "las personas obedientes no deben cumplir más condiciones" (p. 335). Cuando alguien ha sido sellado para la vida eterna, está "sellado contra toda clase de pecado y blasfemia, con excepción de la blasfemia contra el Espíritu Santo y la de derramar sangre inocente" (Doctrinas de Salvación, 2:46).

Referencias

  1. Ivan J. Barrett, "He Lives! For We Saw Him", Ensign, agosto de 1975, pág. 17. [1]
  2. Orson F. Whitney, “La divinidad de Jesucristo”, Liahona, diciembre de 2003, pág. 16
  3. Cherished Experiences, compilado por Clare Middlemiss, Deseret Books Co., 1955, págs. 59-60.
  4. Roy W. Doxey, “Accepted of the Lord: The Doctrine of Making Your Calling and Election Sure”, Ensign-revista en inglés, julio de 1976, pág. 50. [2]
  5. Doctrinal New Testament Commentary, Bookcraft, 1973, 3:330-31.
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